A mediados de los años setenta, cuando hacer rock en México era casi un acto de resistencia, un grupo de jóvenes decidió intentarlo de todos modos. Sin grandes escenarios, sin recursos suficientes y con más obstáculos que certezas, Eduardo Zimbrón y Jaime Calderón, junto a Federico Traeger y Emilio Yarto, comenzaron a construir algo que iba más allá de la música: una forma de expresión, un refugio, una apuesta por crear.
Con el paso del tiempo, el proyecto fue transformándose. Llegaron nuevos músicos, nuevas ideas, nuevas búsquedas. Javier Etchegaray se integró al camino, y más adelante Guillermo Galindo, Jaime Céspedes y Sergio Salmón. Así nació Karma: una banda que pronto encontró su propia voz. Una voz auténtica, inquieta, profundamente creativa.
Aunque Karma se disolvió en 1982, dejando apenas un sencillo como testimonio tangible, su esencia no desapareció. Siguió viva en quienes la formaron. En los años ochenta, Guillermo Galindo y Jaime Calderón dieron vida a Virus, otro intento, otra etapa, otra búsqueda. Pero los caminos volvieron a separarse cuando Galindo partió a Estados Unidos para seguir su formación musical.
El tiempo pasó. Y, como suele ocurrir con las historias que importan, volvió a reunir a algunos de sus protagonistas.
Eduardo Zimbrón y Jaime Calderón se reencontraron con Alfonso de la Parra —tecladista, creador, explorador de sonidos y también de montañas— para dar forma a Moneda al Aire. Este nuevo proyecto no solo retomó el espíritu original, sino que lo llevó más lejos: composiciones completamente propias, una libertad creativa total y un sonido rico, diverso, sin concesiones.
Las grabaciones quedaron guardadas en cintas, como cápsulas de tiempo. Durante años, permanecieron en silencio.
Hasta ahora.
Décadas después, la tecnología permitió recuperar esas piezas que alguna vez fueron presente y hoy son memoria viva. Escucharlas es asomarse a un momento irrepetible: a la energía, la intuición y la pasión de músicos que creaban sin saber que el tiempo terminaría dándoles la razón.
Moneda al Aire también llegó a su fin. La vida llevó a sus integrantes por otros caminos, lejos de los escenarios. Y en 2006, la historia sumó una ausencia imposible de ignorar: Alfonso de la Parra desapareció en el Himalaya, mientras escalaba el Changabang. Su cuerpo nunca fue encontrado. Pero su espíritu —indomable, libre, siempre en búsqueda— permanece en cada nota.
Hoy, esta música vuelve a ver la luz.
No como un recuerdo, sino como un descubrimiento.
Producida por Eduardo Zimbrón, esta colección rescata una joya que permaneció oculta por casi cuarenta años. Una obra nacida contra todo pronóstico, sostenida por la pasión y el tiempo… y finalmente liberada para ser escuchada.

